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Cultura Telúrica en la Comarca Sur de Jaén

En el pasado, la mayoría de los reyes, de los príncipes y de los nobles no sabían leer ni escribir. Tales menesteres eran un asunto de “tecnócratas”, por así decir. Para cada uno su oficio: el de pensar para el pensador, el de escribir para el pendolista. La mayoría de los poemas y Cansos de amor y hasta la música de los “Lieder”, era compuesta por otros y no por el trovador, ni por el Minnesänger. Ellos los dictaban – Hasta el rey Alfonso X el Sabio tan sólo dictó “Las Siete Partidas”, como hoy reconocen todos los investigadores–. Los nobles, los príncipes, insisto, no sabían de letras. Sólo guerreaban, hacían justicia y, a veces, pensaban. La nobleza aportaba la sabiduría, no la universidad ni la docencia; el florecer de la vida de la Estirpe, la “Memoria de la Sangre”.

El tema de este estudio pretende hacer un recorrido por la cultura andaluza, y concretamente la de una zona muy concreta de esta Comunidad Autónoma: la Comarca Sur de Jaén. Para entender a fondo lo que aquí voy a presentar, es menester primero explicar lo que sigue: existe una enorme vinculación de la cultura ancestral, congénita, colectiva, natural, con el campesinado y con la figura arquetípica del agricultor –cultura del ager / agro / campo / suelo–. La cultura es un término agrícola (de cultivar) y con un sentido inequívocamente agrícola. La jerarquía es evidente para unos pocos estudiosos del desarrollo de las sociedades: en la cúspide, la persona que detenta las dos culturas, la congénita y la adquirida (por ejemplo, en la historia europea, un Leonardo da Vinci, un Goethe, que no perdieron jamás su vinculación con la tierra). Después, la persona arraigada congénitamente a la cultura de la sangre, como lo son tantos campesinos que se han compenetrado profundamente con la naturaleza. Este sería el primer bloque, al que sigue una sima, y ya, en otro mundo, en una órbita inferior, los que tienen tan sólo una cultura adquirida (docente, intelectual, universitaria…). Y finalmente la masa, que no tiene ninguna de las dos culturas, y que está adoctrinada por la prensa, la televisión y el fútbol. Estas dos últimas categorías son netamente urbanas, desarraigadas y con una carencia notoria de espíritu. Van uncidas la una a la otra, y son la causa de la decadencia actual.

Sé que este arranque parece, ante todo, una "crítica de la civilización". Concepto que, obviamente, debemos aprehender en su contexto. En efecto, la civilización sería un proceso positivo desde el punto de vista de los "progresistas", que entienden la historia de forma lineal. En efecto, los adeptos incondicionales de una cierta modernidad tienden a la simplificación, la geometrización y la "cerebrización" en este sentido. Sin embargo, la civilización se nos muestra como un desarrollo negativo para todos aquellos que pretendemos conservar la fecundidad inconmensurable de los veneros culturales, para quienes constatamos, sin escandalizarnos por ello, que el tiempo es plurimorfo; es decir, que el tiempo para una cultura no coincide con el de otra, en contraposición a los iluministas quienes se afirman en la creencia de un tiempo monomorfo y aplicable a todos los pueblos y culturas del planeta. Cada pueblo tiene su propio tiempo. Si la modernidad rechaza esta pluralidad de formas del tiempo y desarrollo, entramos irremisiblemente en el terreno de lo ilusorio.

Por Pedro Casado

 
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