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Por su situación fronteriza, Jaén ha sido paso y acogida de muchas culturas, eternas conquistas y de nuevos reinos. Durante muchos siglos esta tierra fue ambicionada por todo el que la conocía, e inmediatamente fortificada para quedarse en ella y que no se la arrebataran, ya fueran iberos, cartaginenses, romanos, árabes o cristianos.

La necesidad de protegerse ante las constantes invasiones hizo que se construyeran castillos en puntos estratégicos. En un principio no se trababa más que de plazas fuertes, constituidas por enormes terraplenes de tierras amontonadas sobre empalizadas. Luego las fortalezas de piedra tallada empezaron a multiplicarse, siendo utilizadas en las épocas de paz como lugares de recreo, o pabellones de caza.

En la época medieval de los castillos la estructura social se distribuía en diversas categorías –la nobleza, el clero y el pueblo– separadas por barreras impenetrables. Eran rarísimos los que conseguían franquearlas. Y dado que únicamente los nombres de los más poderosos señores –duques, arzobispos y príncipes electores– han llegado hasta nosotros, tenemos tendencia a creer que la nobleza constituía una parte ínfima de la población. Sin embargo, los nobles eran mucho más numerosos de lo que muestra la historia.

En un tiempo en que todos los recursos provenían de la tierra –ni siquiera los beneficios eclesiásticos escapaban a esta regla–, la riqueza de un señor se medía en relación a la superficie de su patrimonio en haciendas. Como consecuencia, para proteger su feudo, muchos nobles construyeron fortalezas como escudo ante cualquier invasor, contemplando, para una mayor seguridad, el mayor grosor posible en sus nervaduras, el espesor de sus muros, el dovelaje de las entradas y la disposición de las ventanas. Estos castillos o agrupaciones fortificadas eran siempre orientados hacia la frontera por la cual podía entrar el conquistador.

A fuerza de batallas, los nobles habían deducido que la guerra de movimientos acabaría por imponerse a la guerra de posiciones y que los enfrentamientos se producirían en un futuro a campo abierto. Por eso mismo algunos castillos estaban rodeados de zonas casi desérticas, como si hicieran las veces de explanadas y en ellas las caballerías y la infantería pudieran desplegarse a su antojo.

Las batallas entre moros y cristianos han sido las que más han marcado la historia de los pueblos de Jaén. Fruto de estos avatares son las numerosas fortalezas hoy convertidas en monumentos de gran interés histórico y artístico. Los cristianos, cuando conseguían apoderarse de una fortaleza musulmana, reconstruían los destrozos y ponían su escudo en la entrada del castillo. Claro es que aquellos habían hecho lo mismo con los visigodos, y éstos con los romanos y así sucesivamente. Por eso Jaén está sembrada de castillos, e incluso sus pueblos llevan este nombre, ya sea en árabe, ya en castellano: Alcalá la Real, Alcaudete, Castillo de Locubin...

Quienes quieran conocer más detalles pueden hacer la Ruta de los Castillos, pasear por los restos del patio de armas, o descansar junto a un lienzo de muralla. Tal vez la memoria de sus desgastadas piedras le cuente al visitante curioso algunos secretos dormidos entre sus recovecos.

Martos conserva el Gran Torreón y restos del Castillo de la Peña y de sus murallas. De este castillo árabe, que luego fue Templario y después de la Orden de Calatrava, queda poco: restos de la muralla, torreones y un aljibe. No obstante, según la voz popular, la montaña de la Peña está horadada por pasadizos subterráneos, uno de los cuales desemboca en la Iglesia de Santa Marta. Desde aquí puede el visitante disfrutar de unas vistas espectaculares.

En Alcaudete, sobre un cerro muy escarpado, se encuentra el Castillo construido por los romanos y convertido en árabe por Tariq en el siglo VIII, con lo cual se convirtió en una plaza muy importante en el periodo califal. Fue reconstruido por la Orden de Calatrava entre los siglos XIII-XIV, y declarado Monumento Histórico en 1985. Este lugar puede visitarse en cualquier estación, pero si el visitante llega en el mes de julio disfrutará de las Fiestas Calatravas que se celebran en esta fortaleza. La escenificación medieval de esta feria consigue un salto en el tiempo donde la gastronomía, el mercado y el torneo desplazan al visitante a épocas de antaño. 

En Castillo de Locubín quedan algunos restos de la muralla del Castillo de la Villeta, conquistado por Alfonso XI en el siglo XIV.

En Alcalá la Real se alza la Fortaleza de la Mota sobre la cubre de un cerro de 1.033 metros de altitud desde el que se domina la ciudad. Esta antigua alcazaba árabe como Alcalt de Ben-Zayde. Se conservan algunos muros de la triple muralla, la Torre del Homenaje, la Torre de la Campana, el Patio de Armas, y la Torre Mocha. El visitante puede divisar desde sus torreones las magníficas vistas de Sierra Nevada y sus cumbres. En la actualidad se están trabajando los cimientos del Parador Nacional junto a este castillo.

En los desplazamientos por esta Ruta de los Castillos, el viajero puede apreciar la fuerza de los paisajes salpicados de atalayas –construidas para una mejor defensa en las cimas de los montes vestidos de olivares–, imaginándose lo que fue aquella época medieval a través de los restos de sus fortalezas.

 
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