El delicioso clima serrano y la abundancia de agua han convertido a Los Villares en lugar de residencia de muchos metropolitas en verano, pero las nuevas urbanizaciones no han modificado la quietud de sus calles encaladas ni el ambiente sosegado de esta localidad que vive del olivo y el mimbre.
El viajero que llega a Los Villares siente en seguida la cercanía del agua brotando por todas las direcciones. De hecho, esta pequeña localidad se ubica en una hondonada donde confluyen dos ríos, el Eliche y el Frío, además de los múltiples arroyos, afluentes de estos ríos, que atraviesan el término municipal. Estos datos ya preparan al visitante para el disfrute de espacios donde la naturaleza se expresa con abundancia y belleza como son el Área recreativa del río Frío. Una ruta de senderismo les conducirá al mirador de la Sierra de la Pandera, cuya panorámica alcanza la visión de Sierra Mágina y Sierra Nevada; además de otras rutas para el caminante que quiera descubrir los Cortados de la Veleta y el Puerto de la Hoya.
Aquellos que quieran hacer un recorrido cultural pueden adentrarse en el casco urbano e irán encontrándose con algunos edificios de interés histórico y artístico. La Casa del Vizconde (siglo XVI), ejemplo de la arquitectura rural palaciega, y el más importante patrimonio de este municipio, la Iglesia de San Juan Bautista (siglo XVI) de estilo renacentista.
Los villariegos se dedican al cultivo del olivo y la cría de ganado ovino y caprino pero se hacen destacar ante todo por su artesanía en fibras vegetales. La elaboración de productos de mimbre, esparto, boj, retama y vareta de olivo, supone la segunda fuente de ingresos de esta población.
En cuanto a la gastronomía de Los Villares, cabe destacar sus típicas recetas como son: el choto villariego, la carne de monte, las atascaburras, la pipirrana villariega, las migas y sus elaborados embutidos de cerdo. Para endulzar el paladar el visitante puede probar el pan de higo, las biscotelas, las patas de cabra y otros dulces de esta zona.